La realidad no engaña

Articulo publicado por Richard Boudreaux el 2-9-2016

Articulo publicado por Richard Boudreaux el 2-9-2016

No es una crisis coyuntural lo que vive España, es una realidad marcada por la decadencia de su sistema político y social. Creer que España volverá a tener en un próximo futuro los mismos niveles de estabilidad, bienestar y democracia de los que ha gozado en las últimas generaciones, es mera ilusión.

Cuando el presidente socialista, José Luis Rodriguez Zapatero, solicitó al Consejo de Estado un informe para cambiar la Constitución, esta institución de notables le remitió en Enero de 2006 un informe de 350 páginas en las que entre otras cosas decía que “la Constitución de 1978 es la que más estabilidad auténticamente democrática ha proporcionado a la España de los dos últimos siglos”.

Lo que significa que cualquier cambio constitucional para que tenga sentido, tiene que mejorar esta constitución y su sistema de libertades. ¿Alguien cree que con la actual composición del Parlamento esto es posible?

Un proceso de decadencia

Hoy en España ni siquiera se puede formar gobierno. El hecho de que España tenga un gobierno en funciones desde hace diez meses, haya celebrado en ese tiempo dos elecciones generales, y se hayan producido en el Parlamento dos investiduras fallidas de los candidatos a la presidencia del gobierno, no es más que un signo de esa decadencia. Es consecuencia del modelo de crisis español de las cuatro íes: inestabilidad, inseguridad, incertidumbre e involución. Ver artículo ‘El modelo de crisis español’ publicado hace un año.

Y no es posible precisamente por el proceso de degeneración. En 1979 los partidos radicales, separatistas y anti-constitucionalistas en España tenían 5 diputados en el Congreso de los Diputados, hoy tienen 90. Del 3,76% del electorado han pasado a tener el 26,24%. Es decir, el sistema constitucional no se ha fortalecido, se ha debilitado.

Lo que explica, por ejemplo, como el PSOE que ha llegado a obtener 202 escaños en 1982 y que ha sido el partido que más años ha gobernado en España en estas cuatro décadas, se haya reducido a sus actuales 85 diputados, pasando del 48% del apoyo electoral al 23%, menos de la mitad. Por un proceso de radicalización que se aceleró en la época de Zapatero. Si practicas el radicalismo terminas devorado por las fuerzas radicales, y eso ha hecho del PSOE una fuerza menguante, con los consiguientes efectos para todo el sistema.

Y lo mismo ha pasado con otros partidos: en 1979 el PCE era constitucionalista (fue uno de los partidos que elaboró la Constitución española) y tuvo casi dos millones de votos y 23 escaños. Hoy ha quedado subsumido por Podemos.

En este proceso de radicalización y decadencia, los llamados partidos nacionalistas ‘moderados’ del País Vasco y Cataluña, se han visto engullidos por su propio radicalismo. CiU ya es otro partido, con otras siglas, y en su aventura separatista ha sido desplazado por los radicales. Ha perdido hasta el ayuntamiento de Barcelona, y ha dejado de tener grupo parlamentario propio en el Congreso de los Diputados.

El desafío para superar el proceso de decadencia

La realidad no engaña, es la que es. Y aunque se trate de sortearla atribuyendo una visión optimista o pesimista de las cosas, resulta que siempre te tropiezas con la realidad. Y en este caso estamos ante una nueva realidad de la España política y social. El hecho de que 6,5 millones de personas voten a partidos radicales de izquierda y separatistas (más del 26% del electorado), no es una ilusión, es una realidad constatada en las últimas elecciones generales.

La decadencia de las personas, las sociedades y las naciones no se produce de golpe, es un proceso de degeneración, lento y prolongado en el tiempo que va afectando a todo. Es una realidad que primero se tarda en aceptar, pero a la que con el tiempo las sociedades se adaptan.

Se extiende la corrupción, se pierden los valores y se enaltecen los contravalores. Lo mejor de la sociedad en el mundo académico, empresarial y profesional va dejando de ocupar el espacio central del sistema y del debate público, y es sustituido por el radicalismo político, la mediocridad, y la banalización intelectual y cultural.

Pero superar los procesos de decadencia de un país y su sociedad tienen también su atractivo intelectual y personal. Porque supone un reto: el de luchar contra la degeneración que nos invade. Es muy difícil, pero solo lo difícil es importante.

AS © 2016

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