El experimento socialista en España ha hecho del sistema un modelo entrópico sin capacidad de autoregeneración, y como respuesta vienen creciendo los grupos sociales que tratan de potenciar el espacio -y protagonismo- de la sociedad civil. Un fenómeno que por otra parte es global y expansivo. Producto, además del creciente rechazo y desapego de la clase política (y mediática), del desarrollo tecnológico que facilita poderosas herramientas de comunicación personales y organizativas.
Por eso merece la pena reflexionar sobre la necesidad de dotar al concepto clásico de la sociedad civil, una nueva visión acorde con lo que representa la globalización y la sociedad de la información. De lo contrario puede llegar a desnaturalizarse el propio concepto de sociedad civil, como ya está ocurriendo. Basta entrar en Internet y se comprueba que en la sociedad civil cabe todo y se mezcla todo. A este concepto se asocian organizaciones medioambientales, sindicatos, ONGs, lobbys, grupos de género, étnicos, de lucha contra la pobreza, y hasta la propia ONU incluye a la sociedad civil en sus programas. Todo cabe en este concepto colectivista de sociedad civil, hasta los gobiernos y los poderes públicos.
Contra la sociedad tutelada
Pero nada de eso responde al ser, la conciencia, y la función que tiene la sociedad civil. Etimológicamente la Academia Española lo define muy bien: la sociedad civil se sitúa “en el ámbito no público” y es “una sociedad de los ciudadanos y sus relaciones y actividades privadas”
De la conciencia de la sociedad civil emana su defensa de la igualdad frente a los privilegios de la clase política; la transparencia frente a la opacidad y la corrupción; la defensa de la libertad individual y los derechos de la persona como tal; la demanda de elecciones libres y directas; la promoción del conocimiento y el progreso; la defensa de los derechos humanos; de la seguridad jurídica frente a la arbitrariedad; y el control político. Es la sociedad la que tiene que controlar al poder político, y no al revés, como ya ocurre en España.
La fuerza y energía de la sociedad civil nace de esta conciencia, que si no arraiga en los individuos no se traslada a la vitalidad de la sociedad. Son estos valores de la sociedad civil los que le dan una función protagonista en el debate y la vida pública. Son valores propios de la democracia liberal, y ese es el modelo que le toca vigilar, defender, y promover a la sociedad civil, sin dejarse invadir por las teorías y prácticas de democracias populistas o socialistas que utilizan todos los medios para su único fin, el de una sociedad tutelada.
Una de las principales perturbaciones intelectuales e ideológicas en los últimos años es confundir lo popular con lo populista. La sociedad civil es en sí misma el pueblo, mientras que la llamada democracia populista o socialista es la tutela y control de la sociedad. La tiranía de lo políticamente correcto. [ Ver artículo La sociedad popular publicado en 2003 ]
Por otra parte, la sociedad civil no es una institución, es una constitución. Un cuerpo vivo constituido por personas, y por tanto únicas, que hacen de sus derechos de libertad y autonomía la razón de participar y organizar su vida y su futuro. Sin admitir que lo hagan otros. Es lo que hace que la sociedad civil se distinga por su espíritu crítico.
Otros artículos del autor relacionados con el tema:
• Una sociedad consciente
• Una sociedad alineada
• El valor de una sociedad moderna
• Apaciguar a la sociedad
• La sociedad vencida
• La sociedad zombi
