Con frecuencia se asocia el espectáculo a la vulgaridad y la superficialidad, y esto es mayormente cierto en muchas sociedades y a lo largo del tiempo, pero hay que detenerse en las causas para precisamente valorar la importancia que tiene hacer de la inteligencia un espectáculo. Todo lo que rodea a la NASA es un espectáculo y es pura ciencia e inteligencia. Churchill o Einstein siguen influyendo a nivel político, científico, y educativo, porque son referencias espectaculares a las que se les valora por ello. Por lo que han representado para la libertad y el conocimiento.
El fenómeno de la dramatización como industria de masas es inherente a la técnica de divulgación en los medios audiovisuales, y eso hace que haya quien trate de dramarizar lo que simplemente son bajas pasiones o morbo. Pero la dramatización tiene el poder inmenso del espectáculo de la vida, porque el drama es parte de la vida misma. Los programas basura desaparecen del recuerdo, mientras que las obras dramáticas permanecen como espectáculo de todas las generaciones a lo largo de la historia.
En uno de mis libros, Una visión global de la globalización, trato en un capítulo titulado como esta nota, del poder de estímulo de la inteligencia, y recuerdo las palabras de la doctora Marian C. Diamon al narrar su experiencia de investigar el cerebro de Einstein: “La excitación del descubrimiento es contagiosa”. Muchos fabricantes han hecho de la inteligencia el reclamo de sus campañas: “Inteligencia llama a inteligencia”, fue el mensaje televisivo de una marca de automóviles en 2002.
El espectáculo de la inteligencia es imbatible en términos de interés humano, social, e intelectual, pero para ello hay que hacer de la inteligencia un espectáculo.
