4 céntimos tienen la culpa

autor¿La diferencia de contabilizar de más o menos 4 céntimos puede inutilizar el sistema informático o que una quiosquera se niegue a vender el periódico al presidente del Banco Mundial? Doy fe de ello. Así ha ocurrido.

El otro día me dijo la persona responsable de la contabilidad de mi empresa que el sistema de la Agencia Tributaria rechazaba la declaración del impuesto de sociedades que ya había sido abonado previamente en el banco. Tras dos días de múltiples conversaciones a tres bandas, con los empleados del banco y los funcionarios de la Agencia Tributaria, descubrieron por qué el código proporcionado por el banco no era admitido por el sistema de la AT. En lugar de poner 64 céntimos el empleado del banco había puesto 68, y un sistema de información automatizado no reconoce lo que no exacto. Si nos equivocamos en un dígito a la hora de dar nuestra contraseña, no podremos acceder a nuestra propia cuenta.

Pero esto no solo ocurre en los sistemas digitales, sino igualmente en los humanos. En Marzo de 1987 me encontraba yo participando en una reunión de la Comisión Trilateral en San Francisco, y al volver de dar un paseo por la ciudad, a hora muy temprana, me encontré a la quiosquera del Hotel Fairmont peleándose con Robert McNamara, que por su atuendo deportivo y sudor venía de correr por las cuestas de la ciudad. La razón era que el ex presidente del Banco Mundial llevaba solo unos centavos en el bolsillo, y no eran suficientes para pagarle los dos diarios que quería comprar. Así que la quiosquera se negaba a dárselos, a pesar de la promesa de bajar más tarde a pagárselos, o simplemente que los cargase en la cuenta de su habitación. La señora, que desconocía que estaba ante un presidente del Banco Mundial y ex ministro de Defensa, y que además le daba igual, insistía en que a ella le tenían que cuadrar las cuentas, y “cada penique cuenta”, decía objetivamente. Como participábamos juntos en la conferencia, me brindé a poner los centavos de diferencia, y ambas partes me lo agradecieron.

Son episodios anecdóticos que ilustran dos cosas. Una, el coste que puede llegar a tener la información si no se precisa correctamente en todos sus términos; y dos, que todo va unido a la información. El dinero y la eficiencia de un negocio, el impacto positivo o negativo que produce en las personas y que luego afecta a su caracter, salud, y a su actividad profesional.

Mi nutricionista me aconsejó desde el principio que me informase de la tabla de cada alimento en calorías, grasas, etc., porque cada gramo cuenta. Y tiene razón. No es necesario ser obsesivo para tener en cuenta lo elemental, que toda información cuenta porque suma o resta. Acabo de leer el libro de mi amigo el doctor Enrique de la Morena, ¿Qué me pasa doctor?, y en cada una de sus páginas veo de qué manera tan definitiva interviene la información, sea la genética o la que digerimos del exterior mediante lo que percibimos las 24 horas del día los seres humanos.


Ese es el campo de la infometría: medir la información.

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